Generalmente, los domingos tienen ese tinte de tristeza, esa melancolía que impregna el aire. No por nada es el día que algunos asocian con la desesperanza. En la Biblia se dice que Dios creó el mundo y al séptimo día descansó; a veces, parece que hasta los pájaros se toman el día libre, cantando quedo desde sus nidos.
Pero hay muchos domingos en la semana cuando se materna en soledad. La vida se encarga de recordarte que, aunque sea martes, para ti sigue siendo domingo. Ojalá, si algún día alguien lee esto, pueda sentir lo que intento poner en palabras. La soledad de los domingos es inigualable, y por eso a veces se prolonga, invadiendo toda la semana.
No estoy sola, estoy con mi hijo. Pero aún así, me siento profundamente sola.
El Procedimiento Mental de la Supervivencia
Mi día arranca con un plan de batalla mental diseñado para la optimización de tiempos y el ahorro emocional.
- Me levanto, voy al baño. Sé que no hay nadie que ponga el agua caliente en el termo.
- Mientras me lavo los dientes, ya estoy armando en mi mente el procedimiento a seguir para hacerlo todo más rápido y poder levantar a mi hijo.
- Levantarlo en tiempo y forma para que todo fluya segun lo planeado.
- En mi cabeza un dilema: «¿Café o Mate?» Algo dentro de mí me dice que debo cuidarme, y algo me dice: «Toma mate solo, chau». Lucho y me hago el café bien caliente, para que dure mientras levanto al dueño de mi día, mis horas, mi vida entera.
Cuando él por fin se levanta, cuando logro sacarlo de la cama, luchar para vestirlo, que se deje lavar la cara y los dientes, recién ahí arranca el día. Un día que él empieza luchando con todo. Y yo, luchando para que ese desayuno de una hora termine de una vez. Todo es un trabajo desgastante desde que me levanto hasta que me acuesto.
La Ira que Consume
Justo ahora, escribiendo, siento una culpa tremenda por no terminar cosas atrasadas del trabajo. Me siento confundida, cansada, agotada, desorientada, enojada. Aunque voy a terapia, sigo teniendo brotes de enojo donde me descontrolo y digo cosas horribles:
“Me quiero morir”, “No aguanto más esta vida”
“ … me tenés podrida, no te aguanto más”
“Me inflás los huevos desde que te levantás hasta que te acostás”
“Siento que me estoy enfermando todos los días”
La verdad es que así me siento. No hago nada en calma, no hago nada tranquila. Si estoy cocinando, estoy nerviosa y aburrida de la letanía:
«…no toques el horno.» «Te vas a tirar la olla encima.» «No toques el microondas.» «No me pongas tus juguetes en la mesada.» «No me tires cosas en la pileta.» «No me tires del pantalon.» «No te pongas atrás mío porque no te veo.» (Sí, varias veces lo tiré sin querer por darme vuelta). «Te vas a apretar los dedos con la puerta.»
Y luego empiezo: «¿Por qué tengo que gritar para que me escuches? ¿Qué te pasa? ¿Te gusta que te grite?»
Después de 700 de decir su nombre «…, …», pierdo la paciencia. Me consume la ira, esa ira con culpa. Porque sabes que no está bien, pero es agotador. Empieza la lucha interna entre el enojo y el amor de madre. ¡LO AMO! Claro que amo a mi hijo. PERO ME TIENE AGOTADA. BASTA. BASTA. BASTA.
Es demasiado para mí repetir cada día las mismas palabras, sentir las mismas emociones. Me canso mucho. Mientras escribo, siento cómo se refutan esos momentos en mi cuerpo: un nudo en la garganta, la espalda tensa, los cachetes se me brotan. Me enojo y mucho, porque siento tanta impotencia de que no hay un día diferente al otro. Mañana volveré a repetir las mismas cosas. Y del otro lado no hay un receptor activo. ¡CLARO, ES UN NIÑO!
Respiro hondo y cierro los ojos, apoyo mi cabeza en mi mano, y Él odia que haga eso.
La Sequía Emocional
Por si fuera poco, no soy dueña de expresar mis emociones. No puedo llorar delante de EL porque se pone en un estado terrible, llora y empieza a pegarme. Es la debacle absoluta si una lágrima se me cae frente a él. Estoy harta de eso.
Pareciera como si, una vez que tenemos hijos, dejamos de ser mujeres y solo somos madres. Estoy reeeeee podrida. Siento que me estoy enfermando, que algo diminuto se va metiendo en mis tejidos, volviéndome más dura, más amargada, más cara de culo aún. Estoy seca, totalmente seca, falta de emociones. No siento nada.
No me da alegría, tampoco sé si siento tristeza. Solo estoy seca, sin nada adentro, solo un corazón en forma de pasa de uva que late apenas por mi hijo. No estoy segura si alguien que lea esto podrá entender lo seca que se te pone el alma cuando solo vives por y para otro.
Y, ¿cómo lo explico sin que las «madres romanticas» me acusen y me señalen?
Amo a mi hijo.
Pero, ¿donde estoy?. ¿De mí no queda nada?.
Trabajo para darle techo, comida, ropa y lo básico, trabajo de día y de noche. Vivo en este país solo porque lo tengo a él. Y acá es donde siento que la gente confunde las palabras: Yo AMO A MI HIJO, y SÍ, VOLVERÍA A TENERLO DE NUEVO, pero antes me aseguraría unas cuantas cosas.
Es muy duro criar en soledad. Es muy difícil ser el único modelo para tu hijo. Y ¡ay, por Dios, la culpa! La maldita culpa, todo el tiempo. No quiero generarle daños psicológicos/emocionales. Pero tengo que decir que sí, que ME TIENE PODRIDA LA SITUACION. Que es normal que esté podrida y cansada.
Él no lo ve y no se da cuenta aún. Solo quiere estar con su mamá, que su mamá le dé tiempo. No entiende que estoy en la computadora, que es el trabajo, que es el dinero, que todo cuesta. Él aún no sabe nada de eso.
Y entonces, en medio de este caos mental, de la culpa por no terminar el trabajo, de la frustración por no poder llorar tranquila, de la repetición constante de mis propias palabras, vuelvo a mirarlo, y ahi esta El, mi hijo, que apenas es un niño.
Él no es el culpable. Él solo está siendo un niño. Yo soy la adulta que, por circunstancias de la vida o por decisiones tomadas sin la consciencia de lo que implicaría la soledad, carga sobre sus hombros un peso que está diseñada para ser repartido.
Soy una madre agotada, pero no una mala madre. Repetirme esto se ha convertido en mi último acto de autocuidado, la última línea de defensa contra esa sequía que amenaza con volverme una pasa de uva.
Y a quien lea esto, a la madre que se siente seca, a la que grita la letanía de «Fulano, Fulano…» un millón de veces, a la que se hace un café hirviendo para que dure, a la que planifica el día para salvar un par de horas en silencio: No estás sola en tu soledad.
Mañana será otra vez un domingo. Repetiré las palabras, sentiré la ira, cargaré la culpa. Pero mañana, también, ese corazón de pasa de uva latirá otra vez, movida por un amor que, aunque me haya arrebatado todo, es la única cosa que me mantiene aquí y ahora.
Y si tengo que elegir entre el enojo con culpa o el vacío total, me quedo con el enojo, porque al menos sé que todavía siento.
Extracto de un domingo de Octubre del 2021 (mi hijo tenia 2 años)

Deja un comentario