El adiós al chupete. Esta es una historia de instinto, mentiras blancas y soledad.
Este relato no es bonita, ni tiene un dejo de romaticismo. Tampoco es inspiradora; simplemente se trata de mi verdad.
El instinto existe, es real. No sé si está estrechamente relacionado con la maternidad, con el intercambio biológico del embarazo o con algo más esotérico que llega cuando el alma se materializa. Personalmente, creo en muchas cosas; sin duda somos más que un cuerpo en funcionamiento. Por eso, me dejo llevar por eso que está ahí: algo que late y, muchas veces, grita desesperado detrás de los pensamientos.
A veces me pregunto qué se sentirá silenciar completamente el cuerpo (y no hablo solo de la mente). Pero ese es otro tema, quizás para otro blog.
La solución mágica
Cuando mi hijo nació, el chupete fue una solución milagrosa. Venía con un sinfín de beneficios aparentes: «quita el hipo», «evita la muerte súbita», «ayuda a desarrollar la succión», «fortalece los músculos de la boca». Pero, como todo lo bueno, no es eterno. Los pediatras y dentistas advierten que su uso no es recomendable después del primer año.
¿Y cómo le explicamos a un bebé que lo que más lo calma ya no es bueno para él? En medio de todos los cambios, yo no tenía pensado —ni por asomo— quitarle el chupete a tan corta edad. No me sentía ejemplo de nada: yo misma lo usé hasta los nueve años.
Sin embargo, después de que mi hijo cumplió los dos, algo cambió. Empecé a notar que sus dientes se oscurecían y que aparecía sarro. Un día, mientras estaba muy resfriado, vi su esfuerzo incansable por intentar respirar y succionar al mismo tiempo. No sé por qué, pero ese día mi instinto habló: “Tengo que sacárselo ya”.
El gato de la vecina y las noches eternas
Hoy mi hijo tiene seis años. Todavía no conoce esta historia; creo que se la contaré cuando sea más grande y pueda entenderla mejor.
Empecé guardando el chupete durante el día, pero el verdadero desafío era la noche. Una tarde, después de bañarlo, lo acosté y le inventé un cuento: le dije que el gatito negro que siempre nos visitaba en el apartamento había venido a pedirme un favor. Necesitaba un chupete para el bebé de otra vecina que lloraba mucho y no podía dormir. El gatito pensó que, como el ya era un bebe mas grande, podría prestárselo por un par de noches.
Mi hijo tenía poco más de dos años. Le gustaban las historias, pero no terminaba de comprender la magnitud del sacrificio. Esa noche la pasamos muy mal. Además de costarle muchísimo conciliar el sueño, se despertaba llorando hasta que caía rendido por el cansancio otra vez.
La firmeza en la soledad
Estuve a punto de rendirme varias veces. Es difícil describir en palabras lo que se sufre viendo sufrir a un hijo, incluso cuando sabes que le estás haciendo un bien. Ahí es donde las decisiones flaquean.
Pero sabía que tenía que ser firme. No se trataba solo de un chupete; se trataba de mantener la coherencia. Quizás él no lo entendía en ese momento, pero me estaba observando. Estaba viendo a su modelo a seguir, su único referente constante. Criar en soledad te obliga a ser el principio y el fin de cada regla, sin nadie que te releve cuando el corazón se te parte un poco.
Después de una semana, el llanto cesó. Lo seguía extrañando, pero ya podía dormir.
Hoy miro hacia atrás y entiendo que esa pequeña batalla fue necesaria. Como decía mi abuela: “No hay mal que por bien no venga”. A veces, amar también es sostener un «no» mientras se te saltan las lágrimas.
Basado en un texto catártico de una noche de Agosto del 2021

Deja un comentario