¿Por qué maternar sola es una matemática del abismo? 2 ≠ 1


Este no es un posteo de inspiración. No hay filtros de Instagram ni frases de autoayuda. Esta es la hoja de ruta que tuve que garabatear en las paredes de cabeza para no terminar de borrarme.

Dicen que «hace falta una tribu para criar a un niño», pero ¿qué pasa cuando la tribu no existe, cuando el Estado es ineficiente y cuando tu única red segura eres tú misma intentando no desmayarte del cansancio?

La mujer en el freezer (El costo de la pausa)

Para que mi hijo pueda ser, yo tuve que dejar de ser. O al menos, entrar en una pausa profunda. Maternar en soledad implica un «congelamiento» de la identidad femenina. No es solo que no me pinto las uñas o no me arreglo el pelo; es que he guardado bajo llave mis deseos, mis relaciones sentimentales y mi derecho a la vanidad.

A veces me miro al espejo y veo a una extraña que solo sabe gestionar crisis. Me pregunto en qué momento el «ser mujer» se volvió un artículo de lujo que no puedo pagar. Pero entiendo que si no me pauso, me quiebro. Y si me quiebro, él se cae.

Economía Radical: El precio de un «Hola»

En mi mundo, la economía no es finanza, es supervivencia. He desarrollado una lógica de guerra: si no me muevo, no gasto.

  • El impuesto a la soledad: Salir a la calle a ver a alguien (una amiga, una juntada, etc.), algo tan simple como un café, cuesta $1500 (no exagero). Entre el transporte, el consumo y el tiempo que le pago a alguien para que se quede con mi hijo y yo poder «salir a tomar aire», un saludo se vuelve una pérdida patrimonial.
  • El filtro del deseo: a veces una pausa es agarrar el celular, mirar tiendas online, o mismo ir al shopping mall. «¿Lo necesito o lo quiero?». Si lo quiero, mi cerebro lo clasifica automáticamente como «ruido». El deseo es un peligro cuando no hay un segundo sueldo que cubra los errores. La necesidad prima en las economias de guerra.

La fe del billete de lotería y los «dañados de fábrica»

Creo que somos más que un cuerpo, pero la fe sin acción es una trampa. Hay un cuento popular de un hombre que le pedía a la virgen ganar la lotería, hasta que la virgen, harta, le gritó: «Hijo, por favor, ¡comprá el billete!».

Mi fe es mi acción diaria. Vivo en la esperanza de que algun dia…algo va a cambiar. Me muevo con la convicción de que, aunque hoy fracase (y el fracaso duele, te invalida y te llena de dudas), el simple hecho de haberlo intentado me saca del lugar donde estaba ayer.

Pero acá viene lo difícil: estamos dañados de fábrica. Criamos con una mochila llena de creencias y miedos que heredamos de nuestros antepasados. A veces, educar es, en realidad, intentar repararme a mí misma en el proceso. Es una lucha doble: enseñarle a él a ser libre mientras yo intento soltar mis propias cadenas. Siempre le digo a mi hijo, si lo crees lo creas, aunque sepa que no es del todo cierto, porque al final ¿que somos sin esperanza?.

La soledad matemática: 2 ≠ 1

Aquí es donde me pongo racional. El Estado ignora la maternidad en solitario. No somos prioridad. Pero esos niños, criados por madres exhaustas y exprimidas, serán los ciudadanos del futuro.

La diferencia entre un hogar de dos y uno de uno no es aritmética, es exponencial. En un hogar de dos, si uno cae al piso con un infarto, el otro llama al 911. En mi casa, si yo caigo, el vacío es absoluto. Ese es el miedo que no te cuenta nadie: la vulnerabilidad total de saber que eres el único cable de alta tensión que mantiene encendida la luz de una vida.

Dos nunca será igual a uno. La sobrecarga no se reparte, se acumula en los tejidos, en la espalda, en el nudo de la garganta. Y si, mas de uno dirá, «a veces aunque hayan dos, solo cuenta uno», pero con el mayor de mis respetos, ese es otro problema que deben resolver entre adultos.


Finalmente..

Amo a mi hijo. Volvería a elegirlo una y otra vez. Pero amar no quita que me sienta como me siento, amargada a veces, con el corazón como una pasa de uva que apenas late. No hay culpa en decir esto; hay honestidad.

Maternar o muerte. Yo elijo maternar, pero no pienso hacerlo en silencio.

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